Un nostálgico carroza agarrado a los latiguillos de su propio hilo vital: la educación ya no es lo que era. Claro que no. Ahora los centros y los alumnos de ESO y cursos superiores pueden elegir libremente (¿irresponsablemente?) sus lecturas, desde la versión anoréxica de Tirant lo Blanc hasta ese ídolo de juventudes universales llamado Michael Kohlhaas, pasando por una abigarrada selección de clásicos, como José Luis Sampedro o Elvira Lindo, y modernos ultraligeros, como Carlos Ruiz Zafón o Ildefonso Falcones. Tal como suena.

Antes entrabas en el Instituto leyendo e interpretando obligatoriamente La venganza de don Mendo y salías con todas las claves de Tiempo de silencio; y entre la astracanada y la intertextualidad te tragabas, por qué esconder que con algún que otro atragantamiento, un buen ramillete del canon de la literatura española, Quijote incluido, que se leía y comentaba los jueves por la tarde, en la edición de don Martín de Riquer, que costaba la friolera quinientas pesetas. La abro hoy, como si destapara un tarro de esencias llamado melancolía. En la portadilla, junto a la firma y la fecha (10 de octubre de 1982), hay escritas a lápiz desvaído dos referencias bibliográficas: El otoño de la Edad Media (entonces bellísima en Revista de Occidente, hoy fúnebre y nefanda en Alianza) y Caballeros andantes españoles (entonces de hoja caduca en Austral, hoy de hoja perenne en Gredos), que compré en la Grog y que leí como si fueran puras fantasías o novelas históricas. ¡Bendita la voz de Josefa Díaz, que te llevó con suave aspereza hasta el mundo medieval! Así lo sea Ana Díez, de talante serio y voz melosa y mirada taladrante, que te descubrió el humor y la prosa más poética de Pío Baroja, la de La vida fantástica (entonces de batalla Austral, hoy con gran apostura en RBA), la del «Elogio sentimental del acordeón», refugio impagable en horas inciertas de tranvía mientras Antonio Tejero Molina reventaba el Congreso de los Diputados. Y, cómo no, Consuelo Serra (chelo, chelito, chelín), hechuras y andares de Cruella de Vil, que mezclaba como nadie en clase vida y literatura, anécdotas y erudición, desde la impotencia de su amigo Salvador Dalí hasta el cerebro femenino de Miguel de Unamuno, con un salero y una mala uva muy particulares. Tenía el hábito perverso de devolver los exámenes ante todos los presentes y comunicar la correspondiente nota a agudo grito pelado, con comentarios regocijantes y vergonzantes: «El señor Martos empieza su examen como don Manuel Fraga, diciendo que Spain is different, ¡menuda graciaaa!». Ante el alboroto general, ordenaba silencio y añadía con sorna dirigiéndose, a mano alzada, a la concurrencia: «Cállense, cretinos, le he puesto un siete en lugar de un nueve para que no se engorde y no pase por la puerta». Te sonrojabas y reconcomías, mientras veías el odio visceral en las miradas de algunos, que llegaron a robarte las libretas con los apuntes de clase. ¿Qué se habrá hecho de estas probas profesoras? ¿Cómo darán hoy su lección con la enseñanza y la literatura clínex que se les impone? ¿Cómo agradecerles el lector y la persona, buenos o malos, que eres?