El alma vive aferrada a los recuerdos, aunque estos no sean siempre dulces. Es verdad que, a los veinte años, veinte años no son nada, y que a esa edad la vida es larga y el arte es un juguete.

Torpe y tristemente instalado en una ciudad industrial del extrarradio de Barcelona, en la que todos los días un halo de bruma difuminaba las calles, no podía yo dejar de ver la Universidad Autónoma (Bellaterra) y la incipiente pero destripada Facultad de Periodismo como «un horror de salas interiores en cavernas sin fin». El curso anterior había memorizado el verso y el poema de Dámaso Alonso, con sus interjecciones imprecativas a algún puro ser todopoderoso o a la impura nada. La Autónoma era para mí un megalito de hormigón con un millón de muertos, en el que todos los días me parecían el de los difuntos. Ni siquiera algunos profesores abnegados o algunas librerías aún bien surtidas me servían de antídoto. Ni las clases de Josep Maria Colomer, con quien aprendí a manejarme por mi cuenta con lo mejor de la abundante bibliografía de la teoría política, con la monumental historia de George H. Sabine, y el marxismo a machamartillo de Umberto Cerroni en la uña; ni las performances destornillantes de la desmadejada María Jesús Izquierdo, con quien leímos Y líbranos del amor y Liberación los seis meses que duró esta cabecera de letras y de ideas rojas; ni el castillo encantado que me construí a medida en la enmoquetada y bien surtida Paideia, que descubrí gracias a la bondadosa dependienta de la pequeña sucursal-mostrador de la librería de la facultad; ni la laberíntica Catalònia, en Barcelona, que tenía en cinco estanterías del piso superior toda la Biblioteca Románica Hispánica a disposición de la mano; ni, en otro orden más íntimo, tres chicas estupendas (una estudiaba periodismo, otra veterinaria y otra medicina) que me acogieron en su seno como a un hijo desvalido. Nada de esto consiguió atenuar una obsesión enfermiza por la literatura y eliminar el desprecio por todo lo demás, así que viví mi huida de aquel crético laberinto «de salas interiores en cavernas sin fin» como un alivio, un desahogo que acabó llevándome, ligero de equipaje como buen hijo de la mar, solo con mis ediciones de Hijos de la ira a cuestas, hasta una tierra de promisión llamada Girona, y allí hasta el otro Dámaso Alonso, el especialista en Luis de Góngora, y hasta las Cuentas Personales Gredos.