El día 16 de abril de 1998 don Pedro Laín Entralgo puso en la picota, sumarísimamente, en el diario El País un libro recién aparecido del montaraz Gregorio Morán sobre don José Ortega y Gasset. (Por cierto, son de ver los garapullos, banderillas o rehiletes que el asturiano le puso a Javier Pradera en La Vanguardia.)

El escuálido artículo de nuestro longevo maître à penser carpetovetónico empezaba así: «Acaba de publicarse un libro titulado El maestro en el erial. Ni lo he leído, ni pienso hacerlo». Toda una insidiosa y deletérea declaración de principios, la de un sabio que no siente curiosidad por verle el rabo al demonio, la de un hombre de letras (¿o de ciencias?) que desprecia cuanto ignora, que no acepta el disenso y que opina de oídas. ¿A qué llamamos España? A la intolerancia berroqueña de nuestros intelectuales, con más o menos sinapsis. Otros escritores y hombres y mujeres de la cultura, muy por debajo del caché oficial de Laín, declararon en fecha más reciente (enero de 2010) que no habían visto ni pensaban ver El cónsul de Sodoma, la película sobre Jaime Gil de Biedma, igual que habían hecho (mejor dicho, no habían hecho) con la biografía purulenta de Miguel Dalmau sobre el poeta. Solo Vicente Molina Foix, que se sepa, defendió por escrito el filme, con un argumento tan pertinente como la diferencia entre ficción y realidad. Una trifulca que se podría haber evitado si nuestra casta cultural no careciera de un bagaje teórico mínimo, carestía que denunciaba siempre Claudio Guillén, nuestro crítico más corrido y leído. En el caso de la película, hubiese bastado con haber leído a Seymour Chatman, cuyos libros, desde Historia y discurso y Coming to terms hasta sus monografías sobre Henry James y Michelangelo Antonioni, formidables todos, nos hubiesen hecho mucho bien. A propósito de biografías y películas bien o malintencionadas, que sufren a veces los estragos de las recensiones del primer foliculario novel con bilis en la pluma, no hay ejercicio espiritual más pantanoso, comprometido y desagradecido que la traducción, como decía el maestro Valentín García Yebra en sus muchos libros sobre la materia, todos en Gredos. Así, recuerdo que Antonio Muñoz Molina, académico que dibujó y vivió sus palotes y ardores de inglés el 11 de septiembre de 2001, achicharró (¿justa o injustamente?) a una profesional con cuarenta años de oficio como Rosario Berdagué por su Ravelstein de Saul Bellow; curiosamente, o no, Berdagué fue Premio Nacional de Traducción en 2009 por el conjunto de su obra (ex aequo con nuestro querido latinista y asesor José Luis Moralejo por sus Sátiras de Horacio en Gredos). Vicente Molina Foix, escritor con un paso con poso por la noble barrica de Oxford, se encalabrinaba días atrás, llegando al agudo cacareo a través de las páginas de opinión de El País, con Miguel Temprano por la traducción de Al caer la noche de Michael Cunningham (autor de Las horas, según Molina Foix «una excelente novela muy premiada, muy leída y bien llevada al cine» y muy bien traducida); en cambio, subía a los cuernos de la luna a Luis Murillo Fort por su versión de los Cuentos completos de Evelyn Waugh (RBA); curiosamente, un amigo obsesivo con los trasvases entre lenguas me había inflado la cabeza con una defensa numantina de Temprano y una crítica demoledora de Murillo Fort.