La prosa superferolítica de Ortega y Gasset, que te enganchó a los veinticinco años como el tinto y la canción del verano, sobre todo el tomo VI de sus obras completas (doce preciosos volúmenes de la primera edición de Revista de Occidente), donde anida esa implosión de la primitiva alma hispánica (o sea, la tuya) que es Teoría de Andalucía y por donde transitan personajes inolvidables como Lady Hamilton y emulables como el Conde de Yebes. Así, por ejemplo, la melodía afectada, remilgada y ridícula que compone Ortega y Gasset en las glosas que conforman El espíritu de la letra, desde la poesía de Luis de Góngora hasta los orígenes de la lengua española, una criatura que vino al mundo allá por el siglo XI: «Un niño, el idioma recién nacido, blando y mofletudo, lechal». Qué diferencia (o no) con el lenguaje castizo de La calle de Valverde, como genial corolario galdosiano y epígono barojiano, con el uso no menos extraordinario de un castellano muy redicho por parte de un valenciano y francés y alemán y apátrida como Max Aub, genial demiurgo que parió a Luis Álvarez Petreña o a Jusep Torres Campalans y nos legó algunos de los libros más tristes de la literatura española, como esos episodios nacionales que son sus Campos o esas memorias de ultratumba que son La gallina ciega. Vuelvo hoy a Ortega y Gasset con motivo de la publicación de una generosa antología de su obra monumental en la Biblioteca de Grandes Pensadores (Gredos) y vuelvo a las dos criaturas de Max Aub a partir de sus Dos vidas imaginarias (RBA). El olor y el tacto de ese castellano como plastilina se te sigue pegando entre las costuras como hace veinte años, como si no pasara el tiempo ni para ti ni para él, como si aún pudiera ser el cálido refugio que antes fue, como una patria.