Por motivos profesionales, me he visto obligado a hacer un repaso de la documentación que tengo más a mano acerca de los nombres castellanos que en las diferentes regiones españolas se da al Engraulis encrasicholus —al boquerón—, y no he podido evitar que la imaginación se me haya marchado a una Semana Santa de mi juventud en Cádiz. Inciertos días de sol y lluvia de la primavera que eclosiona por entre el fúnebre retumbar de tambores procesionales: porque hay pocas formas mejores de dar un sí a la vida que sentarse al resol de una plazuela en El Puerto de Santa María, y hacer los honores a una bandeja de boquerones fritos del día acompañados de una copita (o dos) de manzanilla.

En mi apresurada pesquisa me topo, naturalmente, con las anchoas y bocartes del adusto Cantábrico, con alachas, aleces, aleches y lachas, y con el murciano aladroque, como atestigua Galdós cuando recrea los días del Cantón de Cartagena en La Primera República, una de las últimas novelas de sus Episodios Nacionales: «Junto a la puerta vi una mujer friendo aladroque (que en Málaga llaman boquerones) en una gran sartén, montada sobre hornilla de barro... ». También los cita varias veces Ramón José Sender en Mr. Witt en el Cantón, relato encuadrado históricamente en el mismo periodo y lugar. Una solícita empleada de la Oficina de Turismo del Ayuntamiento de Cartagena me confirma telefónicamente además que a los cartageneros les llaman aladroques (como a los malagueños, boquerones), y el círculo se cierra cuando Google me ofrece, junto a incontables y confusos datos que no me sirven, no pocos testimonios de restaurantes, clubes, asociaciones y barcos de Cartagena que se llaman El aladroque: palabra nacional tenemos.

Coromines (o Corominas para los de aquí) quiere ver en esta voz, como en la catalana aladroc, la palabra con que los árabes designaban el color azul, que el sabio barcelonés aprecia en este pescadito plateado y bocón, y que por otro camino ha dado en castellano el poético adjetivo zarco. Quizá no nos quede más remedio que desmentirle. Federico Corriente, el primero de nuestros arabistas vivos, niega expresamente «por semánticamente ingenua y fonéticamente inviable» esta interpretación en su estupendo Diccionario de arabismos y voces afines en iberorromance (Madrid, Gredos 1999).

Pero el azul...: El de Rubén Darío. «Estos días azules y este sol de la infancia» del último verso de Machado. Y la muchacha frente a mí en la plazuela de El Puerto, la de los ojos zarcos y la risa de nácar.