Tu virginal horizonte de expectativas estudiantil sobradamente cumplido, casi al final de la carrera, por haber tenido la ventura de recibir la difusa ciencia mugida por un mirífico catedrático jubilado de Harvard University en clases tan concurridas y atolondradas como los sanfermines. Seis asignaturas fueron, seis, sobre lo uno (la ciencia literaria, teoría y práctica) y los más diversos y dispersos autores y temas: Cervantes (todo menos el Quijote: ¡qué carajo!), Montaigne (solo la Apología de Raimundo Sibiuda: ¡para no cansar!), Shakespeare (El Rey Lear y Macbeth: ¡menos mal!) y la generación del veintisiete, en indolentes e inclementes monográficos semestrales. Trajeron los cátedros locales a este adocenado hijo de su padre, todo tweed, para que transmitiera su inconmensurable sabiduría universal y luciera su superior condición de hombre de mundo o transterrado, como gustaba de neologizarse (ergo psicoanalizarse) a sí mismo, ante un centenar de cabestros desconcertados de inmensas anteojeras hispánico-catalanas. Resumo sin una gotica de acrimonia su legado académico en estos instantes de mojiganga: Unas gafas repolludas de montura de concha y la varilla izquierda sujeta con un clip, que se tocaba sin parar con el dedo meñique. Un peine de carey antes de empezar la clase, que se sacaba del bolsillo trasero del pantalón para darse cinco o seis peinadas como un galán-truhán-señor californiano. Una mirada y un discurso dominados por la incuria y dirigidos siempre al más allá. Unas exóticas lecciones de pronunciación: Joítsinga para Huizinga y Sabond para Sibiuda eran las preferidas y repetidas. Cuatro estribillos recurrentes para rellenar unas horas vacuas: «¡La pregunta, háganse la pregunta pertinente al leer! Busquen la interrogación, no la respuesta…». «Detesto los refritos, salvo en su acepción culinaria…». «Los colegas me dicen: “Qué vas a hacer cuando te jubiles”. Y yo les contesto: “Pues leer el Persiles”». «Cuando estuve en La Jolla era imposible dar clase, porque te venían las señoritas de la playa con aquellas minifaldas y el perrito, así que me marché a la costa este…». «A ver, señorita…; a ver, señorita…». «Mi señor padre…». Sin duda, cumplía al cien por cien el credo cervantino de andar, ver y leer mucho para saber mucho, pero tenía plumas de cansado (como en el poema de Cernuda) y no supo o quizá no quiso transferir ese ideal, traspasarlo o, por qué no, transterrarlo al centenar de bestias bóvidas, entregadas, que tenía a un palmo de su traje de mal prestidigitador de los estudios literarios. Murió nuestro querido emérito frente a la caja tonta viendo, eso sí, una de esas películas llamadas míticas: ¡Un morir bello que honra una vida entera!