Cuando el arrogante Caballero de la Blanca Luna (el bachiller Sansón Carrasco) derrota a don Quijote en las playas de Barcelona, el ingenioso caballero don Quijote de la Mancha no tiene más remedio que cambiar de vida, habiendo aceptado el reto de que «te recojas y retires a tu lugar por tiempo de un año, en paz tranquila y provechoso sosiego» (Quijote, II, 64). La realidad se impone con toda su crudeza y, en un inusitado arrebato de sensatez, Alonso Quijano acepta colgar las armas y buscar un oficio más humilde, condigno a su patética situación, una vez reventada la pompa de jabón en la que ha vivido hasta entonces. Ya no será don Quijote de la Mancha, sino el pastor Quijotiz y se dedicará modestamente a la vida pastoril, que la pluma de Cervantes imagina así: «Yo compraré algunas ovejas y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias y nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados… con que podremos hacernos eternos y famosos» (Quijote, II, 67).

Desde la primera vez que leí el Quijote (sin tener una carrera laboral ni vivir en la urbe) me sorprendió y alarmó (por qué negarlo) mi juvenil coincidencia espiritual con ese ideal de vida, donde la dorada medianía se juntaba admirablemente con el menosprecio de corte y la alabanza de aldea, donde los pastores pijos y gais de Virgilio convivían con los rústicos aldeanos de Fray Antonio de Guevara o de Gil Vicente. Ahora, en las puertas de la senectud, cual Sísifo en la cuesta ante el espejismo de la jubilación, con un fantasma (según dicen los desenfrenados voceros de mal agüero) que recorre nuestro país en forma de hundimiento económico, cautivo y desarmado ante la avalancha de la desinformación, he dedicado unas horas a leer Modesta España, que no es (aunque bien pudiera) una siniestra personajona de Benito Pérez Galdós sino un libro iluminador de Enric Juliana, periodista de La Vanguardia, donde este reconstruye la historia de los polvos (ladrillos) que trajeron estos lodos (escombros) y aventura un inmediato futuro siberiano para nuestros hijos e hijastros, que (dice) tendrán que abandonar la patria chica y volver a la lejana y helada tierra septentrional de sus requetetatarabuelos indoeuropeos para ganarse la hogaza de pan.

Una estupenda crónica de la transición, del consenso, del desencanto, del bulo, de la burbuja inmobiliaria y de la crisis, que yo recomendaría y aun prescribiría sobre todo a los estudiantes universitarios y de bachillerato que estos días cierran las aulas y toman las calles. Están indignados ante las nubes de su presente y las sombras de su porvenir (¡y no saben, angelicos, porque no han leído a Ángel González, que se le llama porvenir porque nunca llega!); sin embargo, desconocen los hechos y las personas de su pasado reciente, como si el país y el paisanaje de la España de 1975 a 2007 fueran, para esas ensoberbecidas cabezas adolescentes, algo tan prehistórico o ficticio como el pleistoceno y los mamuts, como si fueran 32 años de consumo hedonista sin haber dado un palo al agua, sin haber padecido infinitas limitaciones, frustraciones e incluso penurias. Singularmente, recetaría Modesta España a Sebastián, ese chico de Castellón, estudiante de primero de ingeniería física, que según El País (4 de mayo de 2012) sostenía un improvisado cartel que proclamaba: «Queremos ser ingenieros, no servir cafés en Londres». Nada más autocomplaciente e inmodesto, tengo para mí, que esa petulante yuxtaposición excluyente, que resume bien la dramática o trágica paradoja económica y moral de nuestro tiempo mal globalizado: sin duda, es mucho más fácil ser ingeniero físico habiendo servido cafés en Londres que servir cafés en Londres habiendo sido ingeniero físico…

Modesta España es un relato modélico de nuestra historia reciente, hábil en la exposición, bien documentado y escrito con gracia, no lastrado en ningún momento por las anteojeras ideológicas. Una narración trepidante que me retrotrae a mi tierna infancia pliocénica (septiembre de 1980), a una modesta supervivencia en un pueblo encajonado entre las montañas y el mar, a mi primera misérrima y sudada semanada de mil pesetas negras (claro) en billetes de cien con la efigie de Manuel de Falla y que cogí, como Cervantes su dinero, «con suavidad»; también, a la primera vez que leí de cabo a rabo y sin parar de reír el Quijote y que decidí que yo, de mayor, quería ser como el pastor Quijotiz. Así que ahora pienso con ansia, más que nunca, en echarme al monte como él e invertir mis misérrimos ahorros en un hato de ovejas que me dé de comer (frugalmente), aprovechando los largos intervalos contemplativos sin dolor y sin deseos para releer el Quijote, hasta el día que la muerte me visite y me haga entonces, como al hidalgo manchego, «eterno y famoso», pero modesto.