Por culpa de un estado febril de resultas de una sinusitis no he podido acudir este año a la feria del Libro de Madrid. Una compañera de trabajo me envía unas fotos (malas) de la caseta de RBA Libros en el Retiro y me agasaja con la variedad de nuevos contenidos de nuestro catálogo y lo bien editados que están. En una de las imágenes aparecen Religión para ateos de Alain de Botton y las Historias (libros I-II) de Tácito. No recuerdo haber publicado esos libros. Soy incapaz de discernir a qué colecciones pertenecen. Los busco por casa y aparecen entre una montaña de ejemplares de lo más variado y variopinto. Diviso el libro de Alain de Botton, sin ninguna esperanza de que sea el lenitivo que calme mi maltrecha salud. Lo ojeo con la máxima prevención, empezando por el nombre del autor, que parece una burda y engreída imitación de algún teólogo medieval, como Alain de Lille. Comienzo a leer desde el huevo y, para mi sorpresa, el libro me engancha. No sabría decir si es bueno o malo, fácil o difícil, pero mantiene en tensión mis fatigadas neuronas y en vilo mi limitada imaginación, algo que no consiguen casi nada y casi nadie. Creo que el título no le hace justicia. Alain de Botton no es ni un predicador ni un filósofo sino un sabio melifluo tocado por la gracia (intelectual, no divina), que habla con exquisita finura de historia de la cultura a creyentes, agnósticos y ateos, con una amplitud de miras (tolerancia) y unos ciclópeos conocimientos enciclopédicos. Me imagino por un instante que el mundo está gobernado por la virtud y no por el prejuicio. Propongo entonces que, de los diez capítulos de Religión para ateos, el cuarto (Educación) y el noveno (Arquitectura) sean obligatorios en una resucitada asignatura obligatoria que se imparta a niños, jóvenes, adultos y jubilados, españoles todos. Acabo el libro cuando el sol naciente se cuela entre los ventanales y me doy cuenta de que he subrayado muchos trozos del texto. Todas esas líneas marcadas tienen un nexo común: se refieren a la misérrima condición del execrable ser humano en este universo pestilente y me las envaino. Por ejemplo: «Debemos aceptar plenamente que nuestros impulsos destructivos y antisociales están muy arraigados… Vivimos dominados por nuestro ego, por nuestra naturaleza egoísta, narcisista e insaciable, que se pone en marcha en el momento del nacimiento y gira sin cadena como un motor demencial hasta el último suspiro… Cuánto tiempo de la vida empleamos en exagerar nuestra propia importancia y la magnitud de los reveses que sufrimos en consecuencia». Alain de Botton me reconcilia con el mundo y conmigo mismo, me despierta de mi pesadilla febril y me ayuda a entender mi propia pequeñez. La relajación espiritual me dura poco, porque me avergüenza haber cometido la ingenuidad de creer que un imberbe como Alain de Botton pueda tutearse (o tuitearse) con Montaigne, Alain de Lille, Séneca o Marco Aurelio. ¡Qué necesitado estoy de afecto, de conmiseración y piedad, de estudios sanos y sabios que me fortifiquen el alma!

Como pasa cuando uno acaba un libro excepcional que le fortifica el alma, me deprimo y echo mano al único clásico que tengo a tiro, el Tácito de la fotografía, los libros I-II de las Historias, que se inicia con la muerte del disoluto Nerón en el año 69 y sigue con quienes les sucedieron: Otón y Galba. La potencia narrativa y la penetración psicológica de Tácito son estremecedoras. La versión vigorosa y recia de Antonio Ramírez de Verger, revisada por Francisco Socas, supera en claridad y en contundencia a todas las anteriores, que no son pocas y sí buenas. Esa historia macabra del siglo I de nuestra era y de sus gobernantes es de una mordiente actualidad, no porque ese pasado sea moderno sino porque nuestro patético presente se parece como una gota de agua a ese mundo antiguo, al fin y al cabo veinte siglos no son nada para que la humanidad haya cambiado algo: hoy es ayer. Guerras y matanzas, sangre y vísceras, violencia extrema, en un relato tan cruento o más que las palabras o las imágenes de ahora. Tácito comprime de forma vibrante esa situación de desenfreno absoluto. Su pluma corta como un cuchillo cuando se ocupa del asesinato, del desangrado y del eviscerado de Galba, cuyo carácter resume con una acerada sencillez en una paradoja que maravilla: «Mientras fue un particular pareció superior a un particular. Y todos por unanimidad le hacían capaz de ser emperador, con la condición de que nunca hubiera llegado a serlo». Esta es la aguda y terrible enseñanza de los clásicos, que vale tanto para emperadores del siglo I como para presidentes, ministros, consejeros delegados, directores generales y comunes mortales del siglo XXI, entre los que me cuento. Soy, como Galba y como ellos, un puntito de polvo en el vacío, pero me creo superior a los demás; todos me creen capaz de cambiar, pero prefieren que no lo haga. Mientras me afano en mis vanas aspiraciones hacia la nada, las palabras antiguas de Alain de Botton y las modernas de Tácito son una compañía excelente para transitar por este mundo con rectitud y consuelo, con sinusitis o sin ella, para mí y para todos.