Por fin, después de dos años, soy capaz de ponerme a ordenar y a hacer limpieza en el piso heredado. En el fondo de un armario ropero encuentro una caja de cartas; entre ellas, a mi nombre y dirección en exuberantes caracteres manuscritos, una de Agustín García Calvo. Era la respuesta a la que le envíe mostrándole mi entusiasmo y disposición tras el acto fundacional de su Escuela de Lingüística, Lógica y Artes del Lenguaje. No recuerdo mucho de ese día —tampoco donde tuvo lugar el acto— salvo que allí coincidí con Carmen Guaza —la Guaza—, mi antigua profesora de latín y jefa de estudios del instituto Cardenal Cisneros: mujer ya próxima a la jubilación en mis tiempos del instituto, probablemente soltera —sin duda conservadora—, distante pero entrañable, y capaz de amansarnos durante horas con su ameno y apacible anecdotario personal entre pasaje y pasaje de Cicerón (Pro Marcello, De amicitia, De senectute...), al tiempo que, de cuando en cuando, se rascaba la pantorrilla bajo la rebelde media rodillera. Me invitó a su casa en la calle Serrano: nunca fui.

Pero fue inolvidable la puesta en escena de Agustín —así era cualquier intervención suya—. El porte vigoroso, envuelto en fulares, pelo revuelto con bigote y patillas decimonónicos. Habló de ciencia, de gramática, de música, quién sabe de qué más, y recitó con voz tonante y lúdica los sonoros hexámetros dactílicos del comienzo de las Bucólicas:

Tityre, tu patulae recubans sub tegmine fagi silvestrem tenui musam meditaris avena...

¡Títiro! Recostado tú bajo la fronda de una extendida haya ensayas pastoriles aires con tenue caramillo... (Trad. de Tomás de la Ascensión Recio)

El 1 de diciembre pasado se le rindió un homenaje en el Teatro de la Abadía en forma de recital poético con motivo de su muerte, acaecida a principios de noviembre. Justo media hora antes de la representación de El Diccionario, pieza teatral estrenada recientemente, basada en la vida de María Moliner y el Diccionario de uso del español.

Reniego del elogio mitificador, lo rechazo visceralmente cuando se emplea para «venderle» a alguien algo que en realidad no le interesa —ahora se dice «vender» por «convencer»—: el mito pone en suspenso el discurso crítico y retrotrae al pensamiento primitivo...; pero nos eleva ese palmo sobre la tierra que permite vivir; nos proporciona el imprescindible gramo de locura para arrostrar la fiera aspereza in hac lacrimarum valle. Y es que el recuerdo de María y Agustín nos reconcilia con nuestro oficio y sus aledaños, tan dados a la impostura y al incienso, al clientelismo y al fraude.

García Calvo se nos mostraba con la aureola de los héroes por su radical enfrentamiento a toda forma de totalitarismo, incluso el de las calificaciones académicas. A final de curso preguntaba a cada uno de sus alumnos cuál era la nota que creía merecer y esa era la que les ponía. Esto tenía la contrapartida de que —con honrosísimas excepciones— el que lo sabía aprovechaba ese curso para no estudiar latín y de paso mejorar la nota media de su expediente. La cosa trascendía de tal modo que el profesor de filosofía Manuel Maceiras, un gran maestro también, aunque en las antípodas ideológicas de García Calvo —«sed teóricos y precisos», nos aconsejaba con frecuencia— dedicara el primer tema del curso a justificar teóricamente la importancia de los exámenes y de las notas.

Prolifera en los manuales de autoayuda la afirmación de que el perfeccionismo es síntoma inequívoco de trastorno mental. Quitémosle a la palabra el descalificador sufijo y llamémosle amor por la perfección o, mejor, por el trabajo bien hecho. ¡Felices tiempos en que ya nos hemos liberado de tan molesta carga!

No es verdad; como ya nos explicó Platón, el alma tiende por su propia esencia a lo bello y a lo bueno, aunque esta verdad se nos quiera escamotear con la engañifa del beneficio inmediato. ¿Acaso María Moliner y su obra consiguieron encarnar ese ideal? ¿Cómo se explica esa suerte de energía positiva que acompaña al diccionario desde su salida en 1966 hasta hoy mismo? Moliner nos mostró su labor ajena a la grandilocuencia. Nutrida del detalle, de la resolución de infinidad de problemas de orden práctico que constituyen la esencia de cualquier oficio. ¿Son ingenuas o irrelevantes las palabras del colofón de la Presentación de la primera edición del Diccionario de uso?:

Por fin, he aquí una confesión: La autora siente la necesidad de declarar que ha trabajado honradamente; que, conscientemente, no ha descuidado nada; que, incluso en detalles nimios en los cuales, sin menoscabo aparente, se podía haber cortado por lo sano, ha dedicado a resolver la dificultad que presentaban un esfuerzo y un tiempo desproporcionados con su interés, por obediencia al imperativo irresistible de la escrupulosidad; y que, en fin, esta obra, a la que, por su ambición, dadas su novedad y su complejidad, le está negada como a la que más la perfección, se aproxima a ella tanto como las fuerzas de su autora lo han permitido.