Somos lo que comemos. Somos lo que bebemos. Somos lo que leemos. Somos lo que perdemos. Somos lo que sufrimos. Somos lo que viajamos. Somos lo que amamos. Somos lo que somos. Somos la nada de la vida y de la muerte. De la tautología a la genética, de la palabra a los hijos, somos la suma de lo que fuimos y lo que seremos, presentes sucesiones y repeticiones de pasado y porvenir, como leo, con el corazón encogido, en El sentido de un final, hasta ahora la última novela de Julian Barnes, donde la vulgaridad del protagonista y narrador no se dignifica por la anagnórisis final de un hijo discapacitado que ilumina el sentido trágico de la existencia. Somos el silencio y la lengua con los que cortamos la vida. Yo, por ejemplo, soy una mezcla explosiva. Soy la crueldad de los punzantes y dolorosos silencios de Juan, un sordomudo condenado al silencio de gracia y exigencia infinitas, en siete años cargados de tabaco y destilados; y soy también el gracejo de los hirientes y regocijantes barbarismos, neologismos y cualesquiera palabras prevaricadas de mi abuela, en siete crudos inviernos de brasero y mesa camilla. Yo soy ellos en lo que ellos fueron, dos radicales libres. Una misma manera de ser en la vida, de una intransigencia extrema, poco apta para las relaciones humanas, como los personajes apabullados de Julian Barnes o los suicidas intolerantes de Jules Renard. En ellos me reflejo, con ellos envejezco.

Así que cada día que añado a mi cerviz rebelde vuelvo la vista atrás con menos resentimiento e ira, resignadamente, con una mirada pacificada y aun dulcificada por el paso irreparable de los placeres y los días, para pensar en quienes dedicaron una parte de su tiempo a templarme el alma, a suavizar mi juvenil ensoberbecimiento nefelibático. Ajustar las tuercas de tal o cual, ahora que casi todos están muertos o casi y que el revanchismo podría ser tarea fácil, me parece un ejercicio cobarde, ruin e inútil, por mucho educativo castigo físico o psíquico que te infligieran, llevados, a buen seguro, por las penosas circunstancias individuales y colectivas del momento, por las arduas y aun miserables contingencias de la vida. En todo caso, siempre me he considerado un autodidacta individualista y nunca un discípulo intelectual de nadie; por eso, probablemente, me va tan bien o tan mal, nunca se sabe. He tenido la inmensa suerte de nacer con el veneno de la curiosidad ilimitada por casi todo en las venas y, según creo, sin una gota de la ponzoña hispánica por excelencia: la envidia. Me repelen las personas celosas, insidiosas o interesadas. Mi abuela me enseñó, en el buen castellano de las faldas de Despeñaperros, que para aprender a vivir hay que ver, oír y sobre todo callar, así que adopté la soledad y el silencio como divisa mientras me arrastrara por los fastos de este infausto mundo. Soy por educación muy poco dado a manifestar mis sentimientos más elementales y me incomoda que lo hagan los demás conmigo. Hasta los dieciséis años me pase la vida confesándome por obligación con un sacerdote opusdeísta; desde entonces, no sé por qué (quizás por mi flequillo escolar y escolástico), media humanidad se ha sentado frente a mí para contarme sus penas y, por desgracia, he tenido que apechugar con demasiados colosales idiotismos truculentos. El espíritu gregario no está bien avenido con mi temperamento, así que nunca he participado conscientemente en capillas o en congresos para compartir o jalear tal o cual lema doctrinario, cristiano o marxista. Me encanta vivir en el margen del margen, llevar la contraria y navegar contra la corriente, debido quizá a mi defecto congénito de lateralidad cruzada, que me impide saber, por mucho que me empeñe, si voy hacia la derecha o hacia la izquierda, y que me hace pensar, cada vez más, que esta vida es, en efecto, un viaje a ninguna parte. Mi estado natural es más vegetal que animal, más de onomatopeyas y toses ahogadas que de cólicos y descomposiciones verbales, algo así como En busca del fuego pero con un punto andaluz: sol, sal, sed y son de mar. Por eso, es imposible verme en fiestas de guardar en las consabidas cavernas de ocio y negocio cultural para compartir y regurgitar el pretendido y pretencioso alimento espiritual. Por contra, nada me cuadra mejor, y perdón por encumbrarme tanto, que el retrato de un personaje orteguiano: ser un hombre mundano que de pronto desaparece, del que «nadie sabe dónde está porque está donde no está nadie».

Si quieres encontrarme ya sabes dónde estoy. Estoy siempre por la noche, en la noche y con la noche, cuando la muerte, como escribió el suicida Alfonso Costafreda, distribuye sus participaciones y te invita al insomnio. No dormir para no morir, para conjurar el miedo a la otra vida (conocida también como la nada). Lo leí por última vez en Nada que temer, título trampa y grito desgarrador contra las sombrías alas de la muerte; autobiografía reflexiva pero pasional a favor de la vida, ahíta de inteligencia, admirablemente escrita, de una exigencia cultural y culturalista no apta para demasiados españoles y de un refinamiento y un afrancesamiento que me encandilaron y cuyo ejemplo moral hice mío de inmediato. Ahí encontré una alma gemela (mon semblable, mon frère) que recurría a Jules Renard como primus inter pares y su caro diario como tabla de salvación. Creo que uno se puede morir mucho más tranquilo tras haberse tragado esta pócima axiológica de Julian Barnes, donde se recogen, con toda la crudeza pero con total compasión, diversos momentos y movimientos de putrefacción, como los procelosos procesos de degradación y muerte de sus abuelos y sus padres, con una sublime persuasión narrativa y una aguda perplejidad filosófica con pocos paralelos. Creí que esta lectura de tonificante prosa fortificante ahuyentaría para siempre mi miedo a la muerte y que, liberado de mis viejos demonios, podría por fin dormir a pierna suelta el resto de mis días; sin embargo, como me ocurre con el miedo visceral (cerebral y racional) a los aviones, no se ha inventado el antídoto que lo conjure. Creyéndome liberado del miedo a la muerte y, por tanto, del insomnio eterno, cometí el error de caer en el reblandecimiento de ese soez ejercicio literario llamado ahora storytelling, como Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan, que me puso de un humor de perros y gatos, y me condenó de nuevo a las quijotescas noches de claro en claro y a la busca y captura de las divinas palabras, que encontré más cerca de lo que pensaba, en forma de pruebas de imprenta en un libro que RBA estaba a punto de publicar y que me resistía a leer por su título pretencioso, que me hacía presagiar y temer una fatua pompa de jabón: Why does the world exist?

Le hice la pregunta a mi hija de nueve años (una niña de nuef años despide al Cid Campeador camino del destierro…), que me contestó con esa aguda sindéresis que hubiese encandilado a Gareth Matthews, el gran pope de la psicología infantil que sigue siendo un desconocido en nuestra España nuestra: “Papá, el mundo existe porque si no no existiría”. ¡Claro que sí! El mundo existe, tautológicamente, pero podría no existir. Empecé el texto de Jim Holt con las dos cartucheras desenfundadas, pero mis prevenciones fueron disipándose a medida que iba pasando páginas. De nuevo una alma gemela, que amaba los placeres míticos de la dulce Francia como los vinos borgoñones, las carnes alsacianas, la brasserie Balzar, el café de Flore y el piso-lupanar de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Todo ello al servicio de una interrogación irresoluble que pudiera explicar la trágica existencia real a través del testimonio en directo de los filósofos vivos más descollantes. De nuevo, un libro cobrizo que me ocupaba las noches de insomnio con elucubraciones sobre el sentido y el sinsentido de la vida y la muerte, del ser y la nada y de la razón de la sinrazón; que me devolvía al universo siniestro de mis dilectos Julian Barnes y Jules Renard; que me admiraba por su habilidad compositiva y por su agilidad narrativa, siendo el tema a priori de una aridez sahariana a la altura de ese oportuno y oportunista ensayo de microhistoria filosófica que fue El atizador de Wittgenstein; que abordaba la pregunta sin respuesta desde todos los ángulos posibles, desde la religión y el neoneoplatonismo hasta la ciencia y la matemática, a través de sus últimos protagonistas vivos, en un alucinante y por momentos destornillante viaje (¿iniciático?) por todo el mundo para carearse filosóficamente con heteróclitos pensadores de la talla de Richard G. Swinburne, Adolf Grünbaun, Alvin Plantinga, David Deutsch, Roger Penrose, Steven Weinberg o el John Updike más metafísico de Un mes de domingos y La versión de Roger (RBA), entre otros; y que, como conclusión, no ofrecía certezas sino un campo de minas ante las perplejidades de la existencia, con la agonía y el traspaso materno como pathos sublimante y enajenante final.

Por la razón que sea, ¿Por qué el mundo existe? fue elegido en 2012 como uno de los diez mejores libros del año por The New York Times. Me pregunto si lo habrán leído Julian Barnes, David Edmonds y John Eidinow, si lo hubiera leído Jules Renard y, por qué no, qué lectores tendrá en esta traducción castellana que ahora publica RBA.